Compra pública innovadora

Las administraciones públicas gestionan entre un 40 y un 50% del PIB. Su capacidad de compra es, por tanto, inmensa. Y su capacidad para que estas compras impulsen uno u otro modelo económico, también. Lo saben muy bien en Israel o en los EE.UU., donde el gasto en armamento supone una muy buena parte del porcentaje anterior y donde por fuerza esto significa, a fecha de hoy, un fuerte impulso para el desarrollo tecnológico: sistemas de comunicaciones, drones, minería de datos, mecánica de alta precisión, materiales ligeros y resistentes… En términos económicos, la defensa es un sector que puede soportar inversiones sin límite, dado que el coste de oportunidad, medido en términos de perder una posible guerra, son infinitos.

 

No parece demasiado “sapiens”, sin embargo, que haya que defender el armamentismo para defender el potente rol de las administraciones como impulsor del desarrollo tecnológico. También en el sector civil hay oportunidades inmensas que algunos países aprovechan mucho mejor que otros. Y entre los que no destacan por el buen aprovechamiento está el nuestro, donde es mucho más fácil encontrar contraejemplos que buenas prácticas.

El caso de Alstom podría ser paradigmático. Sólo anunciada su posible compra por parte de una corporación estadounidense, el estado francés puso en marcha su patriotismo económico para tratar de impedir la pérdida de la antigua joya industrial y , quién sabe si Merkel mediando , apareció Siemens para hacer una oferta alternativa . Por un lado retendría en Europa un gigante ferroviario, de otra quizá resolvería el bloqueo ferroviario europeo derivado, precisamente, de la pugna franco- alemana para ver cuál de los dos impondría el estándar europeo. Entretanto , España las ve pasar , olvida sus fabricantes, como CAF y Talgo, y hasta hace ir al Rey a Riad a vender la construcción del metro por un consorcio formado por FCC y Alston, defendiendo que a fin de Alston tiene planta en Santa perpetua, donde se fabricaron los tranvías de Barcelona, que tanto gustaron en Riad. Pero una vez ganado el concurso, Alston decide fabricar los trenes en Polonia y comenzar a desmantelar Santa Perpetua. En definitiva, un muy buen negocio para nosotros.

Hay ejemplos aún peores. Por ejemplo: hasta hace poco, el IDAE subvencionaba la sustitución de ventanas por unas que mejoraran la eficiencia energética. Nada en contra,  una buena idea. Lo que no estaba tan bien es que hubiera que comprar unas determinadas ventanas, los cristales de las cuales se fabricaban en Inglaterra y la carpintería metálica en Alemania. Es decir: subvencionábamos empresas alemanas e inglesas.

Por supuesto que no se trata de volver a la autarquía ni establecer el proteccionismo económico, pero no debe haber muchos países que subvencionen empresas foráneas. ¿No habría sido mejor explicar a la industria local los planes de eficiencia energética que se pensaban llevar a cabo, y los requisitos que deberían tener cristales y marcos, para que tuviera la oportunidad de competir llegado el día?

Porque eso es, básicamente, lo que hay detrás de la lógica de la compra pública innovadora. No esperar a licitar y luego favorecer unas empresas en detrimento de otras, sino empezar por explicar qué se va a querer comprar y dar tiempo para que las empresas, las de aquí y las de allí, estén en condiciones de ofrecerlo; o directamente pedir a una empresa especializada aquello que de no existir en el mercado se deberá desarrollar a medida y pide la máxima proximidad entre cliente y proveedor para alcanzar las especificaciones establecidas.

Antes de hacer ninguna obra pública, hace unos años se decidió establecer un informe de impacto ambiental. No estaría de más establecer ahora un informe de impacto económico previo a cada compra pública e incluso previo a la aprobación de los presupuestos generales del Estado, la Generalitat y los municipios. Esto ayudaría a implementar algo que la mayoría de los políticos ya han dicho que estaban decididos a hacer y que encuentran en la inercia de la máquina burocrática una enorme resistencia al cambio.

Sin embargo, hay ejemplos alentadores. En el sistema sanitario catalán, por ejemplo, se están haciendo decididos esfuerzos en pro de la compra pública innovadora; algo que puede impulsar fuerte la bioingeniería, que es un tren que no podemos perder, y quizás también el utillaje de análisis por la imagen, el rayo X digital y los fármacos… Y no se trata sólo del hecho de que estas compras sustituyan importaciones sino de que puedan dar lugar a productos para la exportación mundial, como es el caso de un empresa catalana del sector del cobre que, gracias a una compra pública de nuevas catenarias, ha desarrollado unos aleaciones que le están abriendo las puertas del mundo.

La crisis puede servir para que tomemos conciencia de la importancia del presupuesto público sobre el tejido productivo, en términos cualitativos además de cuantitativos, y puede ayudar a buscar las mejores prácticas allí donde sean ya tratar de implementarlas aquí. Nos jugamos mucho!

Los comentarios están cerrados.