Propiedad intelectual

No pocos historiadores consideran la rápida adopción de un sistema de patentes como uno de los hechos que mejor explican el histórico liderazgo económico mundial de Occidente, en tanto que incentivo determinante para hacer investigación e innovación con la garantía de que podrás aprovecharla y que no serás imitado al día siguiente por un “free-rider” que disfrutará de tu invento sin tener que pagarlo.

También hay quien lo critica, en tanto que sistema egoísta y excluyente, y que propone su abolición para que la humanidad entera pueda disfrutar de cualquier avance tecnológico. ¿Pero existirían estos avances sin ninguna defensa de los intereses de quienes los generan? ¿Alguien labraría y cultivaría un campo de no estar seguro de que después podrá disfrutar del fruto de su esfuerzo? ¿Incluso si el campo es comunal, no reivindicará esta comunidad su fruto y impedirá su disfrute a aquellos de la propia comunidad que no hayan contribuido a generarlo?

La propiedad intelectual es exactamente eso: poner puertas al campo que alguien ha labrado, aunque solo sea intelectual y experimentalmente, para garantizar que disfrutará de su fruto. E incluso si la investigación se ha financiado públicamente, bien será necesario este “público” disfrute de lo que ha pagado con sus impuestos y ninguna empresa estará interesada en valorizar los resultados de esta investigación si son de libre disposición para todos y no tiene ninguna garantía de que invertir no sea sinónimo de tirar el dinero.

Pues bien, esto que parece tan claro, no parece que lo esté mucho en casa, donde globalmente registramos muchas menos patentes que no registran empresas individuales de otros lugares, a la vez que estamos satisfechos por el hecho de tener un sistema público de investigación que publica papeles científicos como los que más en el mundo.

Alguien dirá que esto es muestra de nuestra innata generosidad; que investigamos y publicamos sus resultados para beneficio de la humanidad entera. Pero esto, además de negar ningún retorno a la sociedad que financia esta investigación, en la práctica supone esterilizar el posible potencial de estos resultados y, de resultas, no beneficia a nadie o, en todo caso, solo a los propios autores.

Hay una investigación básica que persigue descubrir las leyes que rigen este mundo, que no es susceptible de patentar y que no por ello hay que dejar de hacerla: es un tributo a la humanidad que permite su avance con la sola transmisión de lo descubierto. Y hay una aplicada o tecnológica que sólo tiene sentido hacerla si sus resultados son patentados y se valorizan.

Con el paro astronómico que sufrimos, alguien debería revisar si nuestro mix de investigación se corresponde con nuestras necesidades y posibilidades. A la luz de las patentes que registramos, parecería que no.

 

Los comentarios están cerrados.