Tecnoindustria

Hace unos pocos meses, Ascamm invitó a un conjunto de empresas industriales a formar parte de un “grupo de opinión” para debatir entre ellas y hacer llegar a la Administración las mejores ideas para impulsar el despegue de la economía catalana; es decir, para tratar de acabar con un paro del todo inaceptable, por mucho que una parte del mismo sea cierto que subsiste en la economía sumergida.

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Muy rápidamente se sumó un nutrido número de empresas: Simon, Ficosa, Mier, Ames, Vilardell Puntí, Sener, Tecalum, Doga, Cirsa, Indo… Y enseguida se pusieron de acuerdo en un memorándum que recogía una serie no muy extenso de medidas que podrían favorecer el tejido industrial: aproximar el esfuerzo público en I+D+ i a las necesidades empresariales, facilitar la transferencia y explotación de sus resultados, emplear la compra pública innovadora y el presupuesto público como herramienta de promoción económica, y algunas más que no citaremos dado que se decidió tratar de conseguir la implementación de todas ellas de una en una , trabajando a fondo cada una y no pasando a la siguiente hasta obtener resultados.

Nos limitaremos, pues, a describir la primera: la aproximación del esfuerzo público en I+D+ i a las necesidades empresariales. Algo que de tan trivial parecería vano reclamar y que en cambio no es ni sencillo ni siquiera compartido por todos. ¿De qué, sino, el hecho de que Cataluña sea una potencia científica y un enano en cuanto a la transferencia y explotación de sus resultados?

De entrada no está nada claro que la comunidad científica comparta la idea de que es importante explotar sus resultados, ni tampoco tiene en esta explotación de los resultados que obtienen un indicador de la bondad de su trabajo ni un estímulo que se lo reconozca. De hecho, ampliar la frontera del conocimiento podemos convenir que es bueno por sí mismo y que a lo largo de la historia la ciencia ha sido la base del desarrollo económico, sin que ello signifique, sin embargo, una transformación lineal e inmediata de los resultados científicos en tecnológicos. Y muy probablemente, una ciencia demasiado pegada a las necesidades empresariales inmediatas difícilmente ampliaría la frontera del conocimiento ni daría luz a nuevo conocimiento susceptible de provocar innovaciones disruptivas.

Así pues, que una parte de la comunidad científica viva en la inopia de las necesidades empresariales es, probablemente, algo bueno y necesario. Y en todo caso es a otros agentes a quienes corresponde escudriñar entre sus resultados, esforzándose por encontrar aplicaciones, y aún a otros comenzar el camino inverso e ir desde las necesidades empresariales a las soluciones tecnológicas y construir estas a partir de los resultados científicos. Por tanto, más que exigir a la comunidad científica el oxímoron de ir lejos y permanecer cerca, lo que hace falta es componer un verdadero ecosistema de innovación con agentes especializados en cada una de las fases: descubrimiento científico, soluciones tecnológicas, aplicaciones a la industria…

Esto último es lo que Xavier Ferràs vino a explicar el día de la presentación pública de Tecnoindústria, el pasado día 30 de enero en el Colegio de economistas, con profusión de datos y ejemplos que mostraban cómo las regiones más innovadoras del mundo son también aquellas que tienen complejos ecosistemas de innovación. Por tanto, más que pedir a la comunidad científica que se acerque a la industria, convendría completar el ecosistema catalán de innovación, empezando por fortalecer los centros tecnológicos; es decir, por fortalecer aquellos agentes bisagra entre la ciencia y la industria, capaces de convertir resultados científicos en soluciones tecnológicas de aplicación empresarial.

Así se le explicó al Consejero Puig, responsable de empresa y empleo, en un almuerzo privado con Tecnoindústria el pasado cinco de mayo, en el transcurso del cual Puig aseguró compartir la diagnosis y la prognosis. Ahora sólo hay que ver que los próximos presupuestos acompañen las palabras.

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